De regreso a Ensenada

Me encanta el aroma del café negro por la mañana. Hirviente como el infierno, negro como el abismo. La taza de café es mi túnel de regreso a la realidad. Vengo de ese mundo privado e intenso en el que no importa cuánto goce de permisos extraordinarios para vencer la realidad, ésta termina por imponerse cada mañana. El mundo de los sueños es mi refugio. Sueño, vivo, muero, renazco. Frente a mí está Salvador. Él es un Buda que sonríe somnoliento. El ritual del café por la mañana nos hermana. Estamos tomándonos un cafecito entonces y sonreímos.

Esa mañana estoy lejos de mi casa y la extraño. La Ciudad de México solía ser mi casa pero no lo es más. Ahora es una Ciudad Extraña que me recibe con la frialdad de una amante profesional. Amante al fin, la visito una vez al año por el periodo más largo que puedo tolerar. Un mes es lo máximo. A la tercera semana mi mente divaga buscando el mar. Mi piel resiente la falta del latigazo del viento de Alaska, ese regalo que le hizo a Ensenada sentirse europea arrinconada por un montón de mexicanos sombrerudos.

Recuerdo el día en que llegué por primera vez a Ensenada, hace doce años. Recuerdo abrir los ojos en un camión que entraba por la Diez y venía de Mexicali, algo así como el lugar más caliente del mundo. Al menos así lo sentí cuando me bajé del avión allá, como primer paso para rehacer mi vida. Me había mudado a ciegas a un lugar en el que nunca había estado antes. Me había exiliado. En la madre, dije yo cuando bajé del avión en Mexicali para tomar un autobús, esto es un horno. No bien subiéndome al camión me desmayé. Cuando volví a abrir los ojos, tres horas después, entraba a Ensenada por la diez y todavía me sentía un poco mareado. Entonces me bajé del camión y el viento helado me besó el rostro. Fue como si me hubieran bendecido. Me enamoré.

El caso es que estábamos Salvador y yo tomando el cafecito, y sonreíamos mientras yo hablaba de lo bonito que es Ensenada. Soñando con la carretera escénica, entusiasmado, elaboro una lírica que la compara con los blancos y europeos acantilados de Dover. Salvador, que conoce Ensenada y que, como buen Buda, tiene los pies sobre la tierra, se pone serio. Solemnemente me declara ridículo: digamos que es bonito. Me sonrojo, inclino la cabeza, y la luz de la inteligencia se instala entre el maestro y el discípulo, restaurando la paz y la armonía, trayendo de regreso la mutua sonrisa.

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