Adiós, Stuart

Esta mañana me despedí de mi amigo Stuart, un cocker inglés de trece años. Se quedó dormido en mis brazos. Stuart era un perro especial en muchos sentidos, empezando por el nombre. Fue llamado así por la familia del taxista al que se lo regalaron a manera de pago, quizás porque por aquel entonces estaba de moda una película llamada “Stuart Little”. Nosotros no hubiéramos podido escogerle un mejor nombre. Él no era un perro pequeño en ningún sentido. No era el típico cocker spaniel, chiquito y faldero. Era un retriever mediano, un go & getter, un perro robusto de aguas que no temía hundirse hasta el cuello en el lodo con tal de olfatear, investigar, descubrir. O lanzarse lago adentro persiguiendo patos aunque le resultaran ser siempre inalcanzables.

Stuart

Stuart

Cuando por primera vez supimos de Stuart, pasaba la mayor parte del tiempo en un rajado patio de cemento, atado a una llave de agua siempre goteando, con diarrea. Si en alguna ocasión llegaba a liberarse, nos decían, intentaba participar de la vida familiar pera era expulsado de la casa con una patada. Nos hablaban de un cachorro hermoso, nos endulzaban el oído. Blanquísimo, de ojitos tristes, y manchas de color champán por todo el cuerpo, tuvimos que rescatarlo.

A Stuart el nombre no le quedó chico, proviene de una antigua palabra inglesa que significa “el que cuida la casa”. Y la cuidaba como suelen hacerlo todos los perros, ladrando ante los extraños, afilando las orejas y atisbando en dirección de alguna perturbación sigilosa que sólo él alcanzaba a discernir.  Este guardián sabía sin embargo que cuidar una casa no significa custodiar sus cuatro paredes, sino dar su atención y cariño a quienes viven dentro de ellas.

Hace varios años tomé la decisión de separarme de la que fue mi compañera durante la mayor parte de mi vida adulta. Muchos problemas agobiaban nuestra relación. Las discusiones se volvían frecuentes y sólo daban paso a periodos de sordo dolor. Cuando finalmente me pareció inconcebible sentir lo que parecía tanto rencor por una mujer a la que había amado como a nadie, supe que el único lugar en donde yo podía reparar algo de mi mundo, poner algo de paz, recuperar algo vagamente parecido al amor, era dentro de mí mismo. Y tenía que partir de cero. Tomé a Stuart y me fui a vivir solo. Lo escribo así porque así es como en ese entonces me sentía. Envuelto en una helada y oscura soledad.

Cuando uno quiere en realidad cambiar debe estar dispuesto a morir, y  a mí me tomó más de dos años morirme.  Me sentaba mecánicamente frente a la computadora, pudriéndome por dentro hasta que no podía resistir y me lanzaba entonces a la calle. Subía y bajaba frenéticamente la misma acera aferrándome a un ritual que terminaba conmigo de noche, desmayado en la cama, para iniciar de nuevo al otro día con el sol  bien alto sobre el horizonte. Me dedicaba a sentir lástima por mí mismo. Perdí mi empleo. Todo este periodo Stuart lo soportó con verdadero heroísmo, lo confieso. Yo pasaba de ser indiferente a intolerante: así se hubiera posado sobre mi hombro la más ingrávida de las mariposas, para mí hubiera constituido una pesada carga. Estuve a punto de renunciar a él alegando no sé cuántos pretextos, pero la culpa no me lo permitió.

Recuerdo un par de inviernos en especial en los que me dejé vencer por el miedo, una disfrazada aversión hacia los demás, y la incapacidad enorme de expresar lo que sentía. En resumen, manifestado en largas y debilitantes alergias, un rechazo disfrazado  por la vida. Pasaba semanas en la oscuridad de mi cuarto, húmedo y temblando, ahogado por el abrazo viscoso de ese pulpo de finísimos tentáculos que es la soledad. Stuart, como buen guardia escocés, se mantuvo durante todas esas largas horas al pie de mi cama, la mayor parte de ellas sentado, imperturbable, vigilando la puerta pero manteniendo todo el tiempo, con un discreto giro de su cabeza, su mirada sobre mí. Yo lo ignoraba, prácticamente cumpliendo apenas con mis obligaciones humanitarias.

No sé en qué momento decidí dejar de sufrir, pero lo hice. Me levanté, abrí las persianas y una luz tibia encendió la recámara. Me vi de cuerpo entero en el espejo. Estaba viejo y había perdido muchos quilos. No me reconocía. Miré a mí alrededor y Stuart estaba ahí, junto de mí, como siempre. Más aún miré dentro de mí y me di cuenta de que el ciclo había vuelto a instalarse. Un muro de argumentos e inconformidades se había levantado entre mí y la única persona que osaba estar ahí para ayudarme. Me di cuenta de que Stuart no podía ser mi adversario y todo dio la vuelta. Stuart se convirtió en mi maestro.

Después de todo, mi vida comenzó de una manera similar a la de él, en la incomprensión y  el rechazo. Al igual que mi padre hizo conmigo, yo me pasé los años esperando que Stuart se comportara de una manera que no le correspondía. Más que intentar reconocerlo, le demandaba que fuera otro. Es un inútil me decía, y lo repetía a todos a mi alrededor. No es inteligente, no entiende. Nunca aprenderá nada que valga verdaderamente la pena. Sí, era un discurso muy familiar.

Si nuestra vida había comenzado de forma similar, quizá habría una u otra cosa más que tuviéramos en común, además de la mediana edad y el gusto por dormir largas horas. De inmediato me di cuenta de que yo, al igual que ese eterno cachorro disfrazado de adulto, sabía de la lealtad hacía quienes nos debemos. Si de algo podía sentirme orgulloso era de haber sabido amar y entregarme, dejando que el amor siguiera su natural, a veces doloroso cauce a través de mí.

De una docilidad enorme, nunca mordió a nadie, ni siquiera en medio del trauma que debió significar para él que lo trasladaran a un hospital con una fractura expuesta. Pero tampoco le faltó valentía cuando algún bravucón de la manada, a la que nunca se acercaba demasiado, le saltaba encima y le clavaba los dientes. Se dejaba curar sus heridas mirándome con sus ojos tristes y lamiendo mi mano.

Sí, Stuart me enseñó muchas cosas. Que no importa cuántas veces falles en el intento de actuar de otra manera, siempre tendrás una oportunidad al otro día. Que no importa cuánto te ignoren, te humillen o te lastimen, siempre es posible perdonar. Que aunque a veces dejemos salir a nuestros cachorros y nos aventemos los unos sobre los otros, peleando o jugando, siempre será mejor lamernos que mordernos. Que el mundo siempre está nuevo allí afuera para descubrirlo si pones la suficiente atención. Que hay que meterse hasta el cuello en la vida sin temor a ahogarse. Que los patos son lo de menos.

En los últimos años Stuart solía dormir plácidamente sobre mí en el sillón, mirándome a ratos con los ojitos entornados, deslumbrado por el sol. O a los pies de mi cama. Finalmente me demostró que sí sabía jugar a la pelota, pero que era de verdadera güeva estar yendo tras de ella una y otra vez. Que lo maravilloso está siempre allí afuera, si te atreves a saltar la valla. Y que si no se puede hacer eso, la única alternativa que se tiene en esta pinche vida ante la mediocridad es una larga cadena de caricias en el sillón, dejando que la luz que entra por la ventana una mañana tibia de invierno nos de su abrigo.

Ayer interrumpí mi viaje en la Ciudad de México para regresar a cargarlo en mis brazos por última vez. Rogué todo el camino que me esperara y llegué sin aliento. Lo vi tan cansado. Él se estremeció queriendo levantarse. Una falla hepática lo había transformado de manera fulminante. Podría haber contado cada hueso de su espalda. Uno de sus ojos me miraba dilatado, de una manera que casi no reconocí. Pero me había esperado para darme un último regalo.

Yo tenía que ver a mi padre hoy después de veinte años de no saber ni su dirección, pero elegí volar de regreso para estar con mi amigo. ¿Qué le hubiera podido decir a mí padre? ¿Que aprendí a perdonarlo, a perdonarme, que sigo aprendiendo todos los días a aceptar y disfrutar de la azarosa vida pero que sigo complicándome siempre que quiero hablar de lo que más me conmueve? Ahí está el último regalo que me hizo Stuart. Escríbeles de mí, me dijo, porque cuando escribas de tu amor por mí estarás escribiendo realmente de ti mismo. Porque la vida nos ha unido y ahora no se entiende al uno sin el otro. Que nos miramos mirándonos a través del espejo.

Los dos caímos anoche de cansancio pero volvimos a abrir los ojos el día de hoy. Casi hasta lo vi descansado. Estaba listo. Me besó varias veces y lo cargué envuelto en una manta como el bebé indefenso en el que a veces se convertía ante mí. Todo el camino en el auto miró atento hacia la calle. Entro en la clínica como un verdadero senescal, envuelto en su bandera, vencido sólo por la edad, sereno. Soportó un último piquete y se quedó dormido en mis brazos, con mi promesa de que despertaría y saldríamos al parque hundido a buscar un jabalí, para que por lo menos lo viera de lejos.  Que nos revolcaríamos juntos en el lodo y vaciaríamos todos los botes de basura que encontráramos en el camino porque después de todo uno nunca sabe cuándo, a mitad de este viaje, hay que decir adiós.

Adiós, estucito, estuardito, pequeño estuchito, mi muñequito.

3 comentarios en “Adiós, Stuart

  1. Hay mi querido alex una triste perdida pero sabemos que es parte de esta vida ,,,, descanse en paz stuart ME HAS CONMOVIDO ALEX ERES MUY ESPECIAL CADA DIA CONOCES ALGO DIFERENTE, PERO QUE MEJOR CONOCER A ALGUIEN CON LOS SENTIMIENTOS QUE TU TIENES TE QUIERO AMIGO ….

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