Dejando al mundo afuera

Hace unos momentos, cuando me disponía a redactar este artículo, perdí la conexión con el internet. Algún cable, algún corto circuito. No es que necesite del enlace para escribir estas palabras, pero la sensación es extraña. No es el dispositivo el que se desconecta, soy yo quien pierde sincronía con el latir del mundo. Soy yo quien vuelve a ser un hombre solo en el corazón de un mundo silencioso y vacío.

No solía ser así. En un principio cada computadora personal, por maravillosa que nos pareciera, por lo menos a algunos, era una herramienta autónoma pero limitada, con muy poco qué mostrarnos del mundo. La informática era un oficio hermético.

Cuando llegaron los módems, esas curiosas cajitas titilantes emitiendo sus característicos silbidos, llegó también la posibilidad de transferir, a bajísimas velocidades, un puñado de bytes a lugares remotos. Con estos primitivos circuitos llegaron los BBS (Bulletin Board Services), los antecesores hoy olvidados de los foros de discusión, tan de moda hoy en día. Tener un módem era tener la posibilidad de participar en las primeras redes sociales virtuales de la historia. Para evitar caer en apologías incomprensibles, sólo diré que algunas de las personas que conocí en aquella época siguen siendo mis mejores amigos a la fecha.

Hoy vivimos conectados. El smartphone es una extensión de nosotros mismos y se perfila el acceso al internet como un derecho básico de la humanidad. Han pasado apenas veinte años. La complejidad de la vida moderna con sus enormes distancias, las oficinas que nos mantienen presos, la dispersión de nuestras comunidades originarias a causa de la necesidad económica, hacen impensable la vida sin alguna clase de intercambio a través del internet. La perplejidad ante la marea de SMS y nuestros pulgares lastimados dieron paso a Twitter y el síndrome de túnel carpiano. Y el cambio se sigue acumulando.

Antes solía escribir en una libreta. Aunque no me atreviera a volcar en ella más que banalidades de la vida diaria, la ocultaba con celo al fondo de un cajón. Ahora tengo un blog, una cuenta en Facebook, otra en Google+, y un caudal incesante en Twitter. Sigo luchando por una expresión sincera, alejada de las trivialidades. No termina de resultar sencillo. En aquellos días, lo digo con melancolía, aguardaba a la salida de la iglesia a mis amigos. Caminábamos hasta el parque y ahí, en una dura banca de cemento a la sombra de unos árboles que ya no están, nos confiábamos el uno del otro. Nos comunicábamos, o al menos eso sentíamos. Ahora subimos las fotos de nuestras borracheras, el video de nuestro gato, siempre el mismo, las terribles reflexiones que nos provoca la violencia, ese chorro de sangra que se escapa y que es la vida, imparable. Ofrecemos, para su inspección, el equipaje de nuestro acontecer a un montón de extraños. Nos comunicamos, o al menos eso sentimos.

Es tan cómodo escribir estas palabras abrigado en mi pijama mientras escucho una radio en francés, el remplazo virtual de mi dependencia emocional de transistores de la adolescencia. Me imagino a salvo detrás de mis perfiles y mis home pages que muestran siempre mi mejor foto, donde engañosamente mantengo una sonrisa o, al menos, una mirada misteriosa, tramposamente atractiva.

Afuera, la ciudad arde. Literalmente.

El internet se desarrolló con dinero que originalmente debía servir para nuestra defensa. Y aunque ahora sepamos que la mejor defensa constituye el ataque, nos sentimos agradecidos por el tutelaje de las corporaciones, esos halcones elevados que nos consumen a cambio de los gadgets que, nos engañamos, sentimos son de nuestra pertenencia. Somos los herederos de la modernidad, a veces impotentes testigos, a veces partícipes de una revolución que no parece respetar nada: ni los añejos regímenes autoritarios del norte de África, ni las obtusas religiones de nuestros abuelos. Y todo a causa de unos cuantos miles de millones de bytes.

Ésta es la era de la información. La producimos, la consumimos, la cedemos o nos la arrancan sin misericordia. De la misma manera en que mis manos ya no se manchan con la tinta del diario por las mañanas —ese aroma delicioso trenzándose con el café recién colado, ya no escucho la voz pedante del lector de noticias, sumo sacerdote que mediaba desde su trono, la televisión, entre nosotros y la impenetrable realidad. Soy yo quien, herético, escojo mi versión de la historia. Soy la criba y el fiel de la balanza.

Soy yo quien se ofrece a mitad de la plaza, quien salta al vacío para que tú me atrapes, porque hay algo que tengo que decirte. Antes era, simple y llanamente, el nombre que mis padres eligieron para mí, la marca de mis tenis, la escuela a que asistí, mi grupo musical favorito. Ahora escarbo en Facebook buscando la frase que nos una, la lectura que compartimos, la misma canción que nos conmueva. Yo escojo mi bandera y todo lo que tengo que hacer es navegar, siempre que pueda mantenerme a flote. En este océano de significados e intereses sólo tengo que hacer clic para declarar una alianza. Mostrar mi simpatía nunca fue más sencillo, tampoco más inocuo. Todo está a mi alcance mientras pueda serializarlo, convertirlo en una secuencia eléctrica de datos.

Soy parte de un apenas 30% de la población mundial que tiene acceso al internet. En este viejo oeste digital libro mis batallas. Soy un ínfimo comando en favor de la libertad de prensa, la igualdad de los sexos, el libre acceso a los reportes de gastos de quienes nos gobiernan. “La información quiere ser libre” es uno de mis slogans. Pero el mundo está a mi alcance mientras no tenga hambre o frío. No se me olvida que ni el agua ni el pan se pueden bajar de un servidor mediante un torrent. Y yo soy, somos nosotros, quienes queremos ser libres.

Siento que lucho, y a veces siento que los demás luchan conmigo. Pero afuera está lloviendo y no me estoy mojando. Bajo el cúmulo de palabras que no cesan palpita el corazón adolorido del mundo. Impedidos, aturdidos, embelesados por los carteles espectaculares y las vibrantes pantallas de nuestros teléfonos celulares, nos revolvemos entre ideas e ideales. ¿Qué se encendió cuando apagué la tele? ¿Quién se robó la luz?

Afuera, las armas patrullan las calles. Los niños regresan a sus alcantarillas. Los saqueos se preparan en una ciudad cosmopolita. Tú le ofreces al mundo tu belleza en una instantánea capturada con tu iPhone. Yo, que no te conozco, te escribo un poema y te sigo buscando. Cansado, insatisfecho, cierro mi laptop y mis ojos y dejo al mundo afuera.

Un comentario en “Dejando al mundo afuera

  1. Alex, comparto contigo todas esas reflexiones y sensaciones, a veces me aturde un poco esa ciudad enardecida y a la vez indefensa que somos cada uno de nosotros… Pero encontrar estos pensamientos en otro espacio y coincidir puede que disminuya soledades…

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