No somos soñadores

Este texto es una traducción libre de un discurso dado por Slavoj Žižek a la gente del movimiento Occupy Wall Street. El texto original en inglés se puede leer aquí. Gracias a Alex Huezo por la referencia.

No se enamoren de sí mismos con el tiempo tan agradable que estamos pasando aquí. Los carnavales salen baratos, su verdadero valor está en lo que queda al día siguiente, cómo se ve cambiada nuestra vida normal de todos los días. Enamórense del trabajo duro y con paciencia —somos el principio, no el final. Nuestro mensaje básico es: el tabú se ha roto, no vivimos en el mejor de los mundos posibles, tenemos permitido y hasta estamos obligados a pensar en alternativas. Hay un largo camino frente a nosotros y pronto tendremos que enfrentar las preguntas más difíciles— no sólo acerca de lo que no queremos, sino de lo que queremos. ¿Qué organización social puede remplazar al capitalismo existente? ¿Qué clase de líderes necesitamos? Lo que el siglo veinte tuvo para ofrecer no funcionó, obviamente.

Así que no juzguemos a las personas y a sus actitudes: el problema no es la corrupción o la avaricia. El problema es que el sistema te empuja para que te corrompas. La solución no es Main Street o Wall Street, sino cambiar el sistema que permite que Main Street no pueda vivir sin Wall Street. Hay que cuidarse no sólo de los enemigos, sino de los falsos amigos que pretenden ayudarnos pero ya están trabajando duro para disminuir la protesta. De la misma manera en que nos dan café sin cafeína, cerveza sin alcohol, helado sin grasa, ellos tratarán de convertirnos en una protesta moral inofensiva. Pero la razón por la que estamos aquí es porque ya estamos hartos de un mundo en el que reciclar las latas de coca cola, dar unos cuántos dólares de caridad o comprar un capuchino en Starbucks, que manda el 1% para ayudarle al Tercer Mundo con sus problemas, es suficiente para sentir bien. Después de hacer outsourcing de nuestros trabajos y de la tortura, después de que las agencias de matrimonios hicieran outsourcing hasta de nuestras citas, nos dimos cuenta de que hace mucho tiempo permitimos que con nuestros compromisos políticos se hiciera lo mismo: outsourcing. Ahora los queremos de regreso.

Nos dirán que somos antiamericanos. Pero cuando los conservadores fundamentalistas te digan que America es una nación cristiana, recuerda lo que el cristianismo es: el Espíritu Santo, la libre comunidad igualitaria de creyentes unidos por el amor. Nosotros somos el Espíritu Santo, mientras que en Wall Street son paganos adorando falsos ídolos.

Nos dirán que somos violentos, que nuestro lenguaje mismo es violento: ocupación, y así. Sí, sí somos violentos, pero sólo en el sentido en el que lo fue Mahathma Gandhi. Somos violentos porque queremos ponerle fin a esta situación. Porque… ¿qué es esta violencia comparada con la violencia que se requiere para mantener funcionando al sistema capitalista global?

Nos han llamado perdedores pero, ¿no están aquí en Wall Street los perdedores a los que tuvimos que rescatar con cientos de millones de nuestro dinero? Hemos sido llamados socialistas, pero los Estados Unidos ya hay un socialismo para los ricos. Te dirán que no respetas la propiedad privada. Pero las especulaciones de Wall Street han acabado con más propiedad privada ganada con duro trabajo, que la podríamos nosotros destruir aquí todo el día y toda la noche. Sólo piensa en la cantidad de embargos hipotecarios.

No somos comunistas si la palabra “comunismo” se refiere al sistema que se cayó justificadamente en 1990. Y recuerden que los comunistas que todavía tienen el poder manejan los capitalismos más despiadados (en China). El éxito del capitalismo chino, dirigido por comunistas, es un ominoso signo de que el matrimonio entre capitalismo y democracia está llegando a un divorcio. El único sentido en que somos comunistas es que nos importan los comunes. Los comunes de la naturaleza y de la ciencia, los que están siendo atacados por el sistema.

Les dirán que estamos soñando, pero los que verdaderamente están soñando son los que piensan que las cosas pueden seguir indefinidamente como están, sólo con algunos cambios cosméticos. No somos soñadores, somos el despertar de un sueño que se está convirtiendo en una pesadilla. No estamos destruyendo nada, no somos más que testigos de cómo el sistema se va destruyendo a sí mismo. Todos conocemos la clásica escena de dibujos animados: el gato llega a un precipicio pero sigue caminando, ignorando el hecho de que no hay suelo bajo sus pies. Comienza a caer cuando mira hacia abajo y se da cuenta del abismo… pues lo que estamos haciendo nosotros es justo recordarles a aquellos que están en el poder para que miren hacia abajo.

¿Es el cambio realmente posible? Hoy en día, lo posible y lo imposible se distribuyen de una manera extraña. En las áreas de las libertades personales y la tecnología científica, lo imposible se está convirtiendo cada vez más en lo posible (o eso se nos dice): “nada es imposible”, se puede disfrutar del sexo en todas sus versiones perversas, archivos completos de música, películas, y series de televisión están disponibles para su descarga, los viajes espaciales está disponibles para todos (con dinero); podemos mejorar nuestras capacidades físicas y psíquicas a través de intervenciones en el genoma, incluso no está muy lejano el sueño tecno-gnóstico de la inmortalidad mediante la transformación de nuestra identidad en un programa de software. Por otro lado, en el ámbito de las relaciones sociales y económicas, nos bombardean todo el tiempo con un “No puedes…” participar en actos políticos colectivos (que necesariamente terminan en terror totalitario), o se aferran al viejo Estado de Bienestar (que te hace no competitivo y conduce a la crisis económica), o te aislan mercado global, y así sucesivamente. Cuando las medidas de austeridad se imponen, se nos dice insistentemente que esto es simplemente lo que hay que hacer. Quizás ha llegado el momento de darle la vuelta a estas coordenadas de lo que es posible e imposible, tal vez no podemos llegar a ser inmortales pero ¿podemos tener más solidaridad y un mejor sistema de salud?

A mediados de abril de 2011, los medios informaron que el gobierno chino había prohibido mostrar en la televisión y en los cines películas que se ocupan de viajes en el tiempo y de historias alternativas, con el argumento de que tales historias pueden introducir a la frivolidad en cuestiones históricas serias. Incluso el ficticio escape hacía una realidad alternativa se considera demasiado peligroso. Para nosotros, en el occidente liberal, no es necesario tal prohibición explícita: la ideología ejerce el suficiente poder material como para evitar que las narrativas alternativas se tomen con un mínimo de seriedad. Es fácil de imaginar el fin del mundo, ahí tienen todas las películas apocalípticas, pero no el fin del capitalismo.

En una vieja broma de la extinta República Democrática Alemana, un trabajador alemán consigue un trabajo en Siberia. Consciente de que todos los correos serán leídos por los censores, les dice a sus amigos: “Vamos a establecer un código: si les mando una carta escrita en tinta azul, todo lo que dice es cierto. Si está escrito en tinta roja, es falso.” Después de un mes, sus amigos leen la primera carta escrita con tinta azul: “Todo es maravilloso aquí: tiendas de alimentos completas, abundantes, los apartamentos son grandes y se calientan adecuadamente, las salas de cine exhiben películas del oeste, hay muchas chicas guapas listas para la aventura, y lo único que no está disponible es tinta roja.”

¿No es ésta nuestra situación hasta ahora? Tenemos todas las libertades que queremos, lo único que nos falta es la tinta roja: nos sentimos libres porque nos falta el lenguaje para expresar nuestra falta de libertad. Lo que significa la falta de tinta roja es que, hoy en día, todos los principales términos que utilizamos para designar el actual conflicto, “guerra contra el terrorismo'”, “democracia y la libertad”, “derechos humanos”, etc, son términos falsos que nos desconciertan en lugar de permitirnos pensar. Ustedes, al estar aquí, nos están dando a todos nosotros la tinta roja que nos hacía falta.

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