El regalo envenenado de mi padre

Lo mejor que mi madre ha podido siempre decir de mi padre es que era un hombre muy inteligente. Mi padre llenaba la casa de toda clase de objetos, todo para él era de  potencial interés, sobre todo los libros. Su vida, hasta donde la conozco, fue de soledades, de melancolía y distancia. De modo que yo crecí rodeado de libros, solo, melancólico y, desgraciadamente, con unas enormes ganas de agradarle.

Sí, mi padre era un hombre inteligente, y yo intenté demostrarle a mi vez que yo también lo era durante casi veinte años. A la edad de cinco yo escribía relatos y jugaba con pilas, cables e imanes. A los diez casi logré que me expulsaran de la primaria por arrojar una granada de humo en el salón, la había hecho en mi propio laboratorio que tenía en la azotea. En la secundaria yo daba la clase de química (aunque reprobaba la de matemáticas), era la mejor voz en el coro y la mejor flauta. No tenía ni amigos ni novia y además era forzado a agarrarme a puñetazos con cualquiera que me considerara suficientemente extraño. Los domingos tocaba la guitarra en el coro de la iglesia y con mi grupo de rock. Yo escribía las canciones por supuesto.

Finalmente mi padre decidió marcharse cuando yo tenía diecisiete años pero me dejó encarrerado. Prácticamente la única manera que yo tenía de sentirme bien era siendo mejor que quienes me rodeaban. Sé que suena horrible, pero para mí era muy sencillo. En general mis pocos amigos, o los compañeros de escuela, nunca estaban demasiado interesados en ser los mejores. Ellos tenían una vida con novias, practicaban deportes en equipo o qué se yo. Esas cosas que los niños y  adolescentes hacen. Yo me la pasaba más bien leyendo. Leía hasta las aburridas revistas médicas de mi padre. Saber más que los demás venía gratis.

Lo último que recuerde que hizo de bueno mi padre fue comprarme una computadora. Ahí empezó mi carrera. En cuanto él se fue las cosas empezaron a aligerarse para mí. Hasta conseguí una novia que me duró años. Me la pasaba tan a gusto que no me interesaba aprender más de computación. Me conformé con ser capturista de datos durante tanto tiempo que da lástima. Y eso que ya sabía programar…

Cuando rompí con mi primera novia anduve desorientado durante meses y meses. Todo tenía un color extraño. El tiempo se alargaba increíblemente y todo carecía de propósito. Sin mi padre ahí guiando, para bien o para mal, directa o indirectamente, mis aspiraciones, sin el apoyo emocional de una mujer, me sentía a la deriva.

Nunca había dejado de escribir, así que me concentré en eso: en leer y escribir. Ya que no había entrado al conservatorio, me disponía a ser poeta, con todas mis ganas. Pero mi padre nunca parece alejarse del todo, siempre está por ahí husmeando, supervisando. La competencia era natural entre nosotros, los del taller. Había gente muy buena allí. Una de nosotros recibió un premio nacional que, para lo que sea que le haya servido, ella se lo merecía y lo recibió. Yo no pude competir por una sencilla razón: escribir es compartir. Escribir es abrirse a los demás. Pero yo le tenía demasiado miedo a los demás.

En ese ambiente y momento conocí a mi esposa y volví a encontrarle un sentido a la vida. Aunque seguí esforzándome por encontrarle salida a mi necesidad creativa, todo eso pasó a segundo término. Tenía que trabajar. Tenía que convertirme en el mejor programador. Cerca de quince años después, nada de lo que había logrado me parecía suficiente para sentirme seguro. La perspectiva de no ser lo suficientemente bueno, de dejar de ser indispensable, me aterraba. Ese estigma de la infancia guiando no sólo mi carrera profesional, sino mi vida toda. Estaba cerca de fundirme, así, como un foco, cansado de arder con tanta intensidad, de hacer la luz en la oscuridad de mi propio entendimiento del mundo real y de sus cosas. Ése fue mi último trabajo como consultor. Renuncié a mi empleo.

Mucho ha cambiado desde entonces. En algún momento he de haber dicho algo así como un ya basta que me sigo repitiendo en diferentes escenarios: ya basta de miedo, ya basta de complacer a nadie, ya basta de rechazarme a mí mismo.

Sigo siendo muy buen programador, o por lo menos eso espero; aunque ya no me interesa compararme con nadie. Estoy aprendiendo a disfrutar y a compartir este jardín olvidado que es mi propia existencia. Hubo mucho dolor en el proceso, es cierto. Sin embargo hoy me siento tranquilo. Cada lágrima cayó en terreno fértil y de cada dolor nació una flor a cambio.

La última frase que mi padre me dirigió antes de irse fue he fallado en la vida. Yo le deseo que donde él esté, se encuentre bien. A mí me da un travieso placer saber que esta estación no retransmitirá el drama de mis padres porque un mágico destino así lo halla decidido. Mi empeño está ahora en aprender a perdonar y a amar, así que he empezado por amar y perdonar a quien tengo más cerca: a mí mismo.

Ya no me da pena hablar de mi inteligencia, ese regalo envenenado que me hizo mi padre. Justo me dice mi ahora ex esposa, nunca he visto que te sientas estúpido. Yo me pregunto cuántas veces me he mostrado como un verdadero estúpido, sin saber decir te amo, sin poder decir lo siento. Huyendo de la gente avergonzado, por única expresión, el coraje o las lágrimas…

6 comentarios en “El regalo envenenado de mi padre

  1. Siempre se agradece un texto bien escrito, pero cuando en él se ponen las entrañas, el lector puede salir debiéndole al autor… Felicidades Alex, por compartir sin miedo…

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