Una reflexión por la paz

Esto que escribo viene más del corazón que de la cabeza, lo cual es raro en mí, espero que quienes me conozcan, lo aprecien.

Hace algunos años llegué a un momento de mi vida en el que tuve que tomar medidas, para mí, entonces, extrañas. Era eso, o autodestruirme en la insatisfacción, el estrés y la depresión causados por un trabajo que no era para mí. Más importante que eso, por un modo de vida que no era el que yo quería vivir.

Comenzé a meditar. Comencé a poner mucha atención en mi manera de percibirme a mí mismo y al mundo que me rodea. He aprendido mucho de mí mismo. No ha sido fácil. Cuesta trabajo verse al espejo y aceptar lo que se ve.  Es, además, y precisamente, un juego de espejos. Nunca se sabe si lo que se está viendo es lo real o lo que se proyecta desde el pasado.

No se preocupen, no voy a promocionar ningún culto o práctica o método. Yo medito y practico el poner atención. Otros hacen otras cosas. Cada quién lo suyo.

Ahora déjenme continuar.Tanto que venimos cargando, prejuicios, convicciones. Lecciones marcadas con hierro. Verdades inamovibles como antiguas estatuas. Todo está hecho, no queda más que sentarse frente al televisor y ver transcurrir eso que llaman la realidad.

Es un cochinero. Mucho de lo que tenemos en la cabeza no hace más que jodernos. A cada rato. Yo, por ejemplo, tuve un padre lejano y ofensivo que me convirtió en una persona perfeccionista que depende de la aprobación de aquéllos a quienes ama o respeta. Sumamente dedicado, algunos dirían que obsesivo, pero con poca tolerancia a la frustración. La vida se vuelve complicada en esas condiciones.

Pero una vez que empecé a entender que muchos aspectos de lo que creemos que es parte de nuestra personalidad, en realidad son reacciones a un medio ambiente en donde intervienen las buenas o malas intenciones de tus padres, hermanos y compañeros de escuela, infancia es destino, dicen, comprendí que nada de eso había sido decisión mía. Y que era justamente tiempo de tomar decisiones.

Y llegamos al meollo del asunto.

Hoy marchamos muchos mexicanos por las calles de nuestro país. En ciudades extranjeras, muchos extranjeros caminaron con nostros. Lo hicimos para manifestar que queremos ver que en nuestro país se acabe la larguísima y dolorosa ola de violencia que nos tiene sumidos en el pánico y las lágrimas. Marchamos muchos pero todavía somos muy pocos. Y creo que no sé por qué. Son muchos, demasiados, los muertos. Es tal el sadismo, el terror que se mueve a lo largo y ancho del país, en camionetas con vidrios polarizados o en camiones verdes, que algunos de nosotros ya se hubieran ido a otro lugar del mundo con tal de no saber de todo esto, si pudieran.

La pregunta es: ¿qué estamos esperando para que, por lo menos, nos atrevamos a decir que queremos vivir en paz? ¿Para nada más expresarlo por todos lados donde se nos permita?

Para que el país cambie, necesitamos cambiar todos. Cada uno de nosotros. La marcha es nada más para darnos ánimos. Creo que eso. a final de cuentas, es lo que les pedimos a los que no marcharon: ánimo. Para ellos y para nosotros, para todos. Y el ánimo es para cambiar.

Para dejar de pensar que detrás de todo hay un interés político. ¿Y qué? Lo que estamos pidiendo es muy claro y muy sencillo. La paz.

Para dejar de derrotarnos a nosotros mismos y dejar de pensar que lo que hacemos no es importante, que alguien más puede hacerlo mejor y entonces para qué participar. La labor es sencilla y la participación de todos es importante: se trata de traer de regreso la paz.

Para aceptarnos a nosotros mismos, con todos nuestros defectos. No podremos ver nuestras virtudes, no aprovecharemos nuestras capacidades, si no comprendemos y aceptamos nuestros defectos. La paz a nuestro alrededor no vendrá de algún lado. Tiene que venir de adentro de ti. Es tú paz interior la que le ofreces al mundo. Es tú amor el que siembras: en ti mismo primero, y luego en tu familia y luego en quienes te rodean por extensión.

Yo no escribí esto para presumir de que soy una buena persona o medito mucho ni nada por el estilo. Lo hice sólo para pasarles el tip: una vez que decidí cambiar las cosas que hay en mí y que me hacen infeliz, me siento mucho más feliz que antes. Y eso es mucho decir, honestamente. No estoy ahí, no he llegado, pero verdaderamente me estoy esforzando. La decisión, el compromiso, es la que cuenta.

Estoy seguro de que no soy el único. Estoy seguro de que hay mucha gente en este país que se esfuerza por ser una mejor persona. Yo sólo escribí esto un poco para intentar contagiarte de mi entusiasmo al comprender que se puede cambiar, que definitivamente hay algo bueno en eso. Una recompensa al esfuerzo. Sólo tú sabes lo que tienes que cambiar, nadie puede hacerlo por ti. Cambiar significa construir algo mejor para nosotros mismos, y por extensión, lo verás, para todos. Yo te invito a sumarte.

De pronto, al final de este inusual texto, me siento un poco avergonzado por mi atrevimiento. Quién soy yo para hablar de estas cosas. Pero no es posible vivir la vida sin algunas vergüenzas. Ya me disculparán. Como dijo el poeta, “yo solo vengo a ofrecer mi corazón”…

Un comentario en “Una reflexión por la paz

  1. Alex, tu reflexión es conmovedora por sincera y quienes te conocemos podemos atestiguarlo. Es muy valioso que uno se abra y con la mano en el corazón, le diga a los otros lo que siente, lo que piensa, lo que logra. En eso estamos todos, como dices, aunque a veces no estemos seguros del cómo.
    No estoy de acuerdo en que te disculpes por decir una verdad que es tuya y más bien nosotros, los que recibimos de ti esa lucesita, debemos agradecer y en lo posible, reflexionar para, como tú, poner nuestro granito de arena.

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