Creer o no creer, he ahí el dilema

Creer en algo significa tener la certeza de su probabilidad. Tú crees que existen los objetos que te rodean porque los estás viendo y los puedes tocar. Crees en que al otro lado del mundo hay muchos chinos aunque quizá nunca puedas conocerlos.

No importa qué tan disparatadas puedan ser nuestras creencias, nuestra concepción del mundo está basada en ellas. En el mundo de un científico sólo existe lo comprobable, en el mundo de la última tribu amazónica gobernarán los dioses, quizá…

Nuestras creencias acerca de lo directamente experimental nos son incuestionables por su utilidad práctica: cualquiera que comience a creer que vuela o que el fuego no quema corre un grave riesgo.

En un nivel menos físico nuestras creencias son el soporte de la sociedad. Lo que nos diferencia de los animales son, buenas o malas, las ideas. Por descabelladas que puedan resultar algunas ideas, si todavía hay alguno que crea en ellas, es porque coincide todavía en muchas otras cosas con aquellos que lo rodean.

Es en este nivel en el cual las creencias se vuelven una carga. Y, sin embargo, el ser humano se ha mostrado siempre reacio a cambiar de creencias.

¿Por qué las creencias son tan difíciles de cambiar? Porque uno se identifica con ellas. Para el ser humano moderno, decir Yo Creo es como decir Yo Soy. No es posible hoy en día ir por el mundo, con todos sus problemas, sus recovecos, sus deslindamientos y sus componendas, sin decir Yo Creo a cada momento.

Dejar ir una creencia puede ser como decirle adiós a un sueño, una parte importante de ti que te daba algo positivo. A veces los niños lloran por eso.

De modo que, en efecto, aunque vayamos creciendo y entendiendo que el mundo no es lo que pensábamos, siempre tiene que haber algo, un conjunto de certezas básicas en las que pueda yo depositar mi identidad, hiladas todas con la historia contada en mis recuerdos.

Tener un conjunto de certezas básicas suena como algo muy deseable y positivo, aunque no siempre resulte así. Lo que sucede es que todas aquellas certezas que no derivan de tu experiencia directa, las tienes que aceptar a través de un intermediario. Por ejemplo: si caminaras en la oscuridad de la noche en el bosque y de repente escucharas unas enormes pisadas, podrías convencerte de que un animal feroz te acecha  y salir corriendo. Te dirías a ti mismo “yo creo que era un oso… yo creo que era un lobo… pero definitivamente era un animal feroz o por lo menos algo peligroso” y así… En este ejemplo, el intermediario es nuestra inteligencia, que fabrica una historia y solidifica una realidad posible. Sin embargo, todo este trabajo mental no hubiera sido necesario si tu hubieras visto qué era lo que causaba el sonido de las pisadas.

Las certezas, esas cosas en las que creemos, son al fin y al cabo, ideas. Y compartir ideas es algo que los seres humanos hacemos por naturaleza. De todo ese mar de ideas que nos conforma creamos nuestra isla, construimos nuestro castillo y  nos encerramos a vivir con algunos de nuestros amigos (y enemigos).

Algunas de nuestras más queridas creencias pueden estar causándonos daño a cada momento por el simple hecho de que esas creencias no fueron hechas para nosotros. El momento en el que esa creencia se desarrolló no era nuestro momento, aquellos que la concibieron por primera vez no éramos nosotros… las posibilidades son inmensas. No es infrecuente que en una misma persona coincidan dos creencias irreconciliables que le partan el alma.

Las creencias son ideas y se distribuyen, transforman y replican a lo largo de la humanidad y a lo ancho de la historia. Todo lo que sabemos de los que han muerto es lo que nos platican de ellos. Todo lo que dijeron es lo que nos dicen que dijeron.

El conjunto de nuestras creencias todas es nuestra imagen del universo posible. Si algo no está en nuestras creencias, no existe y no es posible. Este es el punto de conflicto entre la religión y la ciencia, por ejemplo.

Sin embargo es en el área de lo humano y de hasta lo cotidiano en donde este fenómeno llama la atención: Si dos individuos diferentes vieran el mismo acto de una persona dándole una generosa limosna a otra, ambos podrían tener interpretaciones radicalmente diferentes acerca de lo que acaban de ver. Mientras que uno podría verse conmovido por la verdadera caridad, otro podría haber reconocido un acto de culpabilidad o incluso un gesto meramente político.

Lo que es un hecho es que, en tu fuero íntimo, Las cosas no pueden existir a menos que creas en ellas. No existirían aunque las tuvieras frente a tus narices. Esto nos devuelve a entender que el cambio de ideas, el cambio de creencias, sólo puede darse si se cree en el cambio, en primer lugar.

Lo que es inmutable, por definición, no cambia. La pregunta es, entonces, ¿qué es lo que se mueve, que es lo que está fijo? ¿Hasta donde puedes llegar?

2 comentarios en “Creer o no creer, he ahí el dilema

  1. Creo que, como las creencias, es relativo lo que se mueve y lo que está fijo, o más bien está cualquiera de esos estados dentro de nosotros.
    Creer o no creer, qué maravilla: Creo, entonces tengo.
    Muy interesante disertación sobre las creencias, sobre nosotros, sobre lo que somos o queremos o deberíamos o podríamos ser…

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